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Y sucedió. Lo que parecía imposible, lo que todos se
resistían a creer.
¡Total! Para qué
preocuparse con algo que sólo sucede en las películas de ciencia-ficción. Además esos insignificantes países en guerra
estaban tan lejos de nosotros...
Sin embargo sucedió. Cuando nadie
lo esperaba: El invierno nuclear dicen que se llama.
Desde hace quince días
miro caer la nieve ante mi ventana.
Ignoro la temperatura exterior, el termómetro está roto, sólo baja hasta
–50º. Ayer descendí a la lavandería y no
pude evitar mirar hacia la puerta de entrada del edificio. Está completamente bloqueada. Ya nadie puede salir.
Por suerte este es un país
acostumbrado al frío. La infraestructura
sigue funcionando sin problemas: las lunas con triples cristales, las paredes
rellenas de un material aislante y contra incendios, la cocina eléctrica...
pero sobre todo la calefacción y el agua caliente... que es verdad ahora sale
tibia. Soportaremos hasta que se encuentre una solución.
¿Se encontrará una solución?
Sí, ni dudarlo. Si el ser humano fue capaz de provocar esta
situación, entonces tiene la capacidad de revertirla. Aunque para algunos ya sea demasiado tarde...
Pienso en mi familia, allá
en el Caribe; en esa moderna ciudad costera creada especialmente para turistas,
llena de estereotipadas palmeras y
música “tropical”. Allá ni pensar en
calefacción, ni siquiera en agua caliente ¿Para qué? Si no es necesario. Cuando la temperatura baja a trece grados,
nos morimos de frío...
Nos morimos de frío...
Espero que todo haya sido
muy rápido, que no hayan sufrido mucho.
No debe ser agradable morirse de frío.
A veces me ataca la loca
idea de que quizá han logrado sobrevivir.
Mi marido dice que eso es imposible, que es casi seguro que todos han
muerto en los países más cálidos, que sin la infraestructura adecuada el frío
es mortal... Pero si quizá lograron protegerse de alguna forma... por eso hasta
ahora no he llorado sus muertes, aunque hable de ellos como si estuviese segura
que nunca más los volveré a ver.
Supongo que
la mayoría de la gente debe estar como yo, sin saber exactamente qué sucedió,
sólo que esos dos pequeños países en medio-oriente (¿Dónde está exactamente el
medio-oriente?) quisieron resolver su problema territorial de una vez por todas
y se les pasó la mano. Poco a poco otros países vecinos empezaron a entrar en
el conflicto para resolver sus propios problemas. Cada quien tomaba el bando
que le convenía… Ninguno de los países “desarrollados” sospechó que tuviesen
tantas armas nucleares. El odio era tan
grande en sus corazones que se comportaron como niños. Sí, como esos niños que
irresponsablemente juegan a los ladrones
con la pistola de papá-policía y ¡PUM! Un balazo acaba con la diversión.
¿Qué tan
rápido puede matar una violenta baja de temperatura? Seguramente tuvieron tiempo de arrepentirse,
de darse cuenta lo estúpidos que fueron. ¿Qué se les dio por tirarse bombas
como locos, sin pensar en las consecuencias? ¿Y porqué demonios los otros
países no lo evitaron? Quizá pensaron al
igual que yo, al igual que muchos en el mundo “civilizado”, que ningún impacto
podía tener sobre el planeta que esas minúsculas manchas de color en el mapa se
atacasen ferozmente por un pedazo de tierra árida. Ahora no hay una sola parte del mundo que no
esté cubierta por la nieve. Y sigue cayendo.
Felizmente yo estoy en mi casa, a salvo, con todo lavado,
pulido, encerado, cocido, pintado, planchado, inclusive más de una vez en estos
mortalmente aburridos quince días. La
calefacción me protege, aunque se puede sentir algo de frío al acercarse a la
ventana, pero nada que temer, un poco de ropa extra y solucionado
el problema.
Además
tengo comida como para casi un año, pues estoy sola en casa. ¡Y pensar que
siempre me molestaba las visitas de mi suegra que me llenaba el congelador con sus conservas hechas en
casa! Ahora bendigo su costumbre de
congelarlo todo en verano, para poder luego disfrutarlo durante el resto del año. Diariamente planeo un fabuloso menú,
eso me ocupa un poco la mente... aunque al final nunca hago nada especial, sólo
descongelo lo primero que me cae en las manos y me lo como; tal cual: sin sal,
sin pimienta, sin compañía, no me
provoca cocinar para mí sola.
Mi marido estaba trabajando y mis hijas, en la escuela la
mayor y en la guardería la menor, cuando comenzó a caer la nieve. Algunas personas fueron a buscar rápidamente
a sus hijos cuando todo empezó. Yo no
pude. Tuve miedo de salir. Si lo hubiese
hecho, ahora se encontrarían en casa conmigo... quizá.
Desde el inicio (aún puedo escuchar las sirenas
retumbando en mis oídos) se aconsejó a las personas quedarse en donde estaban o
entrar a un lugar cerrado de inmediato pues el frío era letal. Los medios de transporte simplemente se
congelaron, la única manera de movilizarse era a pié.
Dicen que muchos no
llegaron a la escuela en donde se encontraban sus hijos, otros murieron
junto a ellos al tratar de volver a casa.
Dicen... ¿Quién dice? En
realidad, los primeros tres días podía ver desde mi ventana los cadáveres
congelados de algunas personas, de algunas madres abrazando a sus hijos,
tratando de transmitirles la última gota de calor que aún quedaba en sus
cuerpos.
Quizá es mejor saber que toda la familia que me queda
está viva. Aunque me preocupa un poco su
higiene. De la pequeña no, en la
guardería siempre tiene ropa de recambio.
De mi marido y de mi mayor sí. ¿Quién va a llevar ropa extra al trabajo
o a la escuela secundaria, sobre todo en verano? Me apena un poco verlos tan desaliñados
cuando los llamo. Por eso tampoco me
gusta ver las informaciones, que sólo pasan dos veces al día. (Hay que ahorrar
toda la energía que se pueda). El rostro
sin maquillaje y el pelo sucio de la presentadora que sin embargo sigue
sonriendo dignamente, me deprime.
Las tres de la tarde, es mi turno para comunicarme con mi
hija menor. Tomo el teléfono y de
inmediato su rostro ilumina la pantalla.
-
Aló, ¿Mamá?
-
Sí, mi amor ¿Cómo estás?
-
¿Cuándo vienes a buscarme?
-
No puedo mi vida, ya lo sabes. ¿Has comido toda tu sopa?
-
Sí... ¿Cuándo vienes a buscarme?
No puedo
seguir, se me quiebra la voz al verla llorar.
¿Qué puede entender una niña de tres años sobre esta absurda situación?
-
Quiero ir a casa.
-
Ya sé, mi vida. Yo también quiero
que vengas a casa. Pásame con Magalys, por favor.
El rostro
cansado pero amable de la directora de la guardería reemplaza al de mi hija.
-
Es difícil, sé que es difícil – Me dice al verme secar unas lágrimas.
-
Dime, ¿Está comiendo bien?
- Tú sabes lo
majadera que es para comer. Extraña
mucho la casa. En realidad todos los
niños están iguales. Por suerte parece
que están a punto de encontrar una solución, lo escuché hoy en las
informaciones. Mientras tanto, no te
preocupes, aquí la calefacción funciona muy bien y tenemos comida como para
seis meses. Dicen que en máximo dos
meses encontrarán la manera de arreglar esto.
Me despido,
nuevamente estoy sola. Debo esperar el turno de mi hija mayor para llamarme y
luego esperar el turno para hablar con
mi marido. Quisiera poder
conversar largamente con todos, pero el uso de los medios de comunicación está restringido, todos tienen familia en
algún lado y todos los políticos y científicos del mundo tienen la prioridad
para comunicarse entre ellos. Y los
teléfonos no deben parar de sonar, y las computadoras deben utilizarse, como si
la esperanza se hallase en algún lugar de la red. ¿Harán trampa? ¿Llamarán a sus familias cuando se supone que
deban hablar con ese especialista en cambio climático que seguro sí sabe cuál
es la solución? También son humanos, se
les perdonaría una flaqueza así. Pero no
sé, no sé. En sus manos está salvar al
mundo, o lo que queda de él.
Y mientras tanto debo contentarme con los tres
minutos diarios que tengo para hablar con mis hijas, con mi marido, que no hace trampa, que corta
justo, a los tres minutos, cuando yo quisiera poder... El trabaja para el gobierno, para uno de los
pocos que quizá quedan en el mundo además, no debe ser fácil en estos momentos.
Ayer me comentó que pronto se recortaran aún más las comunicaciones, para
ahorrar energía. No dijo nada sobre una
solución, es extraño. Quizás está trabajando tan duro el pobre, quizá se le
olvidó decírmelo. Porque si hay una
solución, él seria uno de los primeros en enterarse... o no. ¿Qué tan
importante es su trabajo? Nunca me preocupé por saber qué tipo de trabajo exactamente hace,
mientras podíamos vivir económicamente bien... Ahora las prioridades han
cambiado, inclusive para una simple ama de casa como yo.
Si Dios
quiere, si no se ha olvidado de nosotros, si aún existe, si no ha muerto
congelado, entonces dentro de dos meses...
Pero mi marido no me comentó nada ¿Y si sólo se informó de una solución
para tranquilizar a la gente? ¿Y si nada sucede? Quizá debamos acostumbrarnos a la idea y
salir a pesar del frío. ¿Acaso los
esquimales no lo hacen? Algún tipo de
ropa debe ser capaz de protegernos.
Pero, cómo salir. La nieve sigue
cayendo, debe haber por lo menos cuatro metros afuera ¿Quién limpiará toda esa
nieve? Estamos, bloqueados, atrapados dentro de nuestras casas, ellos también deben
estarlo. Si por lo menos la nieve dejara
de caer...
¿Qué pasará si no encuentran una solución rápido? ¿Y
si me acaba la comida? ¿Querrán mis vecinos compartir conmigo? Si a ellos se
les acaba la comida, supongo que se comerán a su perrito, pero yo ni canario
tengo. Me río, se me ocurre una solución morbosa. ¡Lo que consigue hacer pensar
el aburrimiento! Si se me acaba la
comida, no tendría más remedio que
comerme a mis vecinos. Por suerte para
mí la mayoría son ancianos y no opondrán mucha resistencia, si no fuera sí, yo
podría ser la devorada.
Me imagino
bajando las escaleras con un gran cuchillo de cocina escondido en mis espaldas
y tocando la puerta de los gentiles ancianitos que siempre me han dado la mano
en todo, desde abrir la puerta cuando olvido la llave, hasta sacarme de apuros
como improvisados baby-sitters...
ahora me darían más que la mano.
-
¿Quién
es? (Pregunta absurda, ahora que nadie puede ir a visitar a nadie. ¡Sólo puede
ser un vecino! ¡Ah, sí! Somos varios vecinos, entonces...) ¿Quién es?
-
Soy la
vecina del 7, quisiera (comerte mejor,
ni hablar. Mejor pienso en otra
excusa.) un poco de azúcar (¡Qué excusa
más trivial! El frío me congela la imaginación.)
Abre la puerta y le salto al cuello. Su marido trata de ayudarla, mejor. Literalmente dos pájaros de un solo
tiro.
De pronto paro en seco de reír. Si no encuentra una solución y si la comida
se acaba, realmente tendríamos que comernos entre nosotros. Los adultos sobreviviríamos a la cacería un
tiempo, pero ¿Y los niños? ¿Y mis hijas?
La mayor es fuerte y lista, seguro que hasta conseguiría comerse a uno que otro profesor... antes de
ser comida. ¿Y mi pequeñita? Los niños pequeños seguro serían las primeras
víctimas del hambre, tan indefensos, tan confiados en que los adultos saben lo
que es mejor ¡Miren lo que hicieron los adultos con el mundo! Unos con su odio y estupidez, otros con su
indiferencia, pero todos tiene la culpa.
Si no encuentran una solución antes que se acabe la comida o si nunca la
encuentran, entonces la carnicería ya no sería una broma, sino una realidad,
una cruel realidad... Quizá... Ahora mismo, las personas que se quedaron
encerradas en algún supermercado libran una feroz batalla para quitarse la
comida de la boca; tan sucios y cansados
por tener que dormir en el suelo. ¿Y los
que se encontraban en una joyería o en una tienda de muebles? ¿Ya se habrán
comido entre ellos?
Golpeo el vidrio de mi ventana y lloro. Lloro por toda esta nieve que cae sin parar.
Lloro porque en el fondo sé que mis padres y hermanos están muertos. Lloro porque quizá sean los más afortunados.
Lloro por los que están encerrados sin comida y que están luchando por sobre
vivir. Lloro por los que estamos dentro
de nuestras casas, viéndonos morir cada día un poco más. Por mis vecinos encerrados en sus tumbas de cuatro
habitaciones, ellos que pensaron que terminarían sus días bronceándose en
España. Lloro porque ni siquiera me
queda el consuelo de morir junto a mi familia.
Lloro por tener que hablar con mis hijas como si nada pasara, fingiendo
que hay una solución a la vuelta de la esquina.
Lloro porque quizá no la hay.
Lloro porque nunca pensé que el infierno fuese tan blanco y frío.
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