
En el curso
de civilización y culturas latinoamericanas que dicto en la Universidad
Politécnica de Helsinki, me encontraba explicándoles a mis alumnos el por qué
de sus representaciones y sobre todo estereotipos sobre los latinoamericanos
cuando uno de ellos intervino ofendido: “No deberías decir que tenemos
estereotipos sobre ustedes. Mira, estamos diciendo cosas positivas: Las
latinoamericanas son muy bonitas, saben cocinar bien y bailar salsa”.
Cómo
explicarle a alguien que honestamente cree ser cortés, que no he pasado siete años en la universidad
para sentirme satisfecha siendo identificada como una mujer bonita (se nota que
no me ha visto cuando me levanto por la mañana), que sabe bailar salsa (pregúntenle su opinión
a mi profesora de salsa, que por cierto es finlandesa) y que cocina muy bien
(dicho sea de paso, jamás cocino. A mi esposo y a mi hija mayor les encanta
hacerlo. Yo, lo detesto)
Esta clase
de estereotipo que yo llamo “de buena voluntad”, abunda. La intención de la
persona que lo dice no es herir al extranjero sino todo lo contrario,
halagarlo.
Así pues,
los latinoamericanos nos enfrentamos con situaciones como la del joven
estudiante de intercambio colombiano que el primer día de su llegada al pueblo
que le asignaron, fue recibido por el equipo completo de futbol
infantil, que esperaban una clase maestra. Fue muy difícil para él explicar (y
no a causa del idioma) que no sólo no sabía nada de futbol,
sino que ese deporte le interesaba un pepino. ¿Cómo? ¿Acaso no todos los
latinoamericanos saben jugar al futbol? Siento
decepcionarlos, no es así.
El caso de
las mujeres latinoamericanas es particularmente especial en estos momentos,
pues al parecer están de moda. Europa se ve invadida por Jenniferes
Lopez, Salmas Hayeks y Shakiras por doquier, lo que crea una representación
específica de la mujer latinoamericana que no corresponde necesariamente con la
realidad. Y es que el mayor problema del estereotipo (por más buena voluntad
que haya) es que generaliza y simplifica las cosas.
Esta
simplificación se ve a todo nivel, desde la ancianita que nos pide ingenuamente
tocar nuestro pelo en el metro (¿Cómo decirle que no?) hasta la profesora que
en el colegio les “explica” a sus alumnos que la nueva estudiante
latinoamericana es muy sociable y conversadora porque “está criada con el
objetivo de conseguir un marido” y que hay que comprenderla.
Como todo
estereotipo esto nace del desconocimiento. Cada cultura tiene su propia manera
de asumir su espacio, su cuerpo, su distancia con los otros. No podemos negar
que los latinoamericanos aparentemente tememos menos el contacto físico y
exponer nuestros cuerpos. Por otro lado
es verdad que la apariencia externa es muy importante para nosotros. Sin
embargo estas características, al ser mal comprendidas e interpretadas
erróneamente nos encasillan en un rol que no deseamos. A las que somos
profesionales, evidentemente estos estereotipos nos afectan más, pues sentimos
constantemente que estamos en un campo de batalla en el cual debemos hacer
mucho más esfuerzo por demostrar nuestras capacidades y ser respetadas.
Así pues, si
nos vestimos y maquillamos, es porque
estamos educadas para atraer a los hombres,
si despedimos a nuestros hijos con un beso a la puerta de la escuela,
nos convertimos en unas madres sobre protectoras (Ni que decir de las burlas
que sufrirán nuestros hijos por parte de sus compañeros) Si acariciamos la mano
de nuestro marido, somos unas mujeres que desean sexo todo el tiempo y si le
preparamos su plato favorito, entonces estamos acostumbradas a ser dominadas.
El no
corresponder con el estereotipo tampoco nos ayuda, como lo pudo comprobar una
talentosa dramaturga Venezolana a la que le dijeron “Tú no pareces de
Venezuela”, sólo porque no tiene la talla de
una miss universo. ¿No se le
ocurrió a la persona que un comentario así puede ser hasta ofensivo? No, como
tampoco se le ocurrió a la joven que después de hablar durante dos horas
conmigo, me dijo “No sabía que en Latinoamérica también habían feministas”.
Ni qué decir
de los que nos dicen por ejemplo “mi
hijo también se ha casado con una puertorriqueña”, ¿También? ¡Pero si yo
soy peruana! ¿Qué pasaría si en Argentina, alguien le dice a un finlandés, “mi
esposo también es alemán”? Lo peor es cuando insisten que conozcamos a la puertorriqueña,
por que tenemos muchas cosas en común.
En la mayoría de los casos, nada en común tenemos con la persona en
cuestión, lo que no es comprendido “¡Pero si las dos son latinoamericanas! “,
nos dicen. Sí, pero como en cualquier parte del mundo, hay diferente tipo de
personas ¿O es que acaso todos los finlandeses son amigos entre si?
Y es este
campo de batalla debemos lidiar con comentarios, siempre bien
intencionados, como:
- Es una
suerte que no necesites ir a la playa para broncearte.
- ¿Eres latinoamericana
y no sabes cocinar? (Acompañado de una mirada de absoluto asombro)
- Que bueno
que sepas cómo utilizar una computadora.
- El parto
debe ser algo muy fácil para ti, pues en tu país todas las mujeres tiene muchos
hijos.
- ¿En tu
país las mujeres también aprenden a conducir?
Y ante ellos
nos encontramos desarmadas, sin saber si debemos dar las gracias o más bien
preguntar: ¿Exactamente, qué fue lo que quisiste decir?
¿Existen
realmente los estereotipos positivos? Yo creo que todos son negativos, pero
mientras los estereotipos racistas son fáciles de combatir, el tipo de
estereotipo basado en una aparente buena
voluntad son los más peligrosos, pues no sabemos cómo reaccionar ante ellos.
¿Cómo responder agresivamente a alguien
que (aunque ignorante) trata de ser gentil? Pienso que hay dos opciones, la
primera es desaparecer las características “diferentes”, como lo hizo la
profesora de español que sólo se pone pantalones para trabajar, desde que una
colega le dijese “qué bien te queda la minifalda, es por eso que tienes tantos
alumnos”. Yo prefiero la segunda y es atacar con humor. Así cada vez que
alguien hace un comentario sobre mi maquillaje, yo contesto “mi bisabuela
pertenecía a un pueblo indígena de la selva
amazónica. Ellos desde hace siglos se
pintan la cara para ir a la guerra, así que, por favor, déjenme usar mis
pinturas de guerra”. Y es que como lo
dije, estamos en un campo de batalla.
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