EL
EROTOFAGO
El
Erotófago se alimenta de vírgenes interiores. Esas que se entregan como si fuera el último
día de sus vidas y que aman como si fuera la primera vez.
El
sufre a causa de su esencia infernal que lo hace vivir por los siglos de los
siglos sin jamás poder utilizar una cama para dormir. Quizá es para olvidar su desesperación que
degrada a la pobre infeliz que cae en sus garras o quizá es por la ira de saber
que él nunca será un ser humano.
Todos
saben que las vírgenes interiores son cada vez más escasas y que las pocas que
quedan desconfían hasta de la extraña sombra de los árboles, así que para
lograr su cometido el Erotófago ha desarrollado el
arte del camaleón. Yo conocí a uno que
empapeló su cueva con anaqueles atiborrados de antiguos libros imposibles de
leer, conjuró al espíritu de Paganini para que tocase
continuamente el Trino del Diablo en su madriguera, se puso un marquito de
carey y hasta usó corbata, todo para hacer caer en sus redes a una inexperta
jovenzuela infectada de intelocrácia. La muy tonta,
impresionada por el falso decorado, lo amó tiernamente; pero la no tan tonta,
en cuanto se dio cuenta del peligro hizo una reverencia y se fue sin más
explicaciones.
Ella lloró dos meses, tres
días y cuatro horas pero nunca regresó pues pensó que él ya había conseguido
otra presa, es por eso que no se enteró que el Erotófago
tuvo que contentarse con chupar los huesos de antiguas amantes compradas al por
mayor.
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