¿Conoció
al hombre que quiso hacer el rompecabezas más bello del mundo?
Puso
mucho empeño en su proyecto, trabajó arduamente buscando las piezas que a sus
ojos eran las mejores: la sonrisa de un niño al levantarse, el ardor de unos
labios sedientos de besos, la ternura de una noche junto al fuego tomados de la
mano, los gritos sin dolor, los temblores sin miedo, el sonido de las pisadas
conocidas, la dulzura de un “¿Y por qué?”, las sábanas saladas al llegar el
día, el olor del guiso dominguero, el rítmico traqueteo de la cama y una
caricia más por aquí y un gemido por
allá.
Al
terminar su paciente y minuciosa recolección empezó a darle forma a su ambiciosa obra, pero a medida que
avanzaba comprendió con angustia que las piezas aunque hermosas…no
encajaban. Jamás se preocupó por
averiguarlo de antemano, sólo vio la belleza individual de cada una, jamás se
detuvo a probar si podían ir juntas.
Trató
de limar asperezas, de hacerlas entrar a la fuerza... y sólo consiguió que
muchas de las mejores piezas terminaran aniquiladas ante su insistencia.
¿No
lo conoció usted? Es mejor, nunca es agradable ver a los dioses fracasados.
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